Laura
Fuentes
Buscando a Santa Lucía
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Alondra Gallardo ha vivido dos décadas sosteniendo una promesa hecha en un hospital: nunca dejar solo a su hermano Alejandro. Pediatra en la Ciudad de México, cree tener la vida bajo control hasta que su hermano le pide un favor imposible: recibir en el aeropuerto a Gemma, una arquitecta valenciana que llega buscando respuestas y, quizá, un amor que no le pertenece.
Entre jacarandas, tráfico y cafés fríos, Alondra intenta ser la «hermana perfecta» sin traicionarse a sí misma. Pero Gemma no se conforma con la fachada: mira a Alondra como si pudiera leerla por dentro. En este encuentro inesperado, la promesa de la infancia empieza a sentirse menos como un puente y más como una cadena.
© 2021
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Laura Fuentes
Laura Fuentes es una autora mexicana nacida en 1976 en la vibrante Ciudad de México.
Desde 2015, ha dedicado su carrera a la narrativa, impulsada por la necesidad de crear
historias donde la comunidad LGBTQ+ ocupe un lugar protagónico. Su talento fue
reconocido en 2022 con el premio Best Book Talent por su novela Sepheron,
consolidándola como una voz necesaria en el panorama editorial actual.
Con una trayectoria que inició en la plataforma Wattpad, Laura ha construido un puente
sólido hacia el mundo editorial, explorando géneros que van desde el thriller y la
ciencia ficción hasta el romance contemporáneo. Su obra no solo busca llenar un vacío
de representación, sino invitar a una reflexión universal sobre la diversidad y la
inclusión.
Con más de diez títulos publicados, entre los que destacan Misión Secreta, Zion y la
saga Destino, Laura sigue comprometida con la creación de referentes y héroes propios
para su comunidad, demostrando que las grandes historias no tienen fronteras.
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Buscando a Santa Lucía
Alondra Gallardo ha vivido dos décadas sosteniendo una promesa hecha en un hospital: nunca dejar solo a su hermano Alejandro. Pediatra en la Ciudad de México, cree tener la vida bajo control hasta que su hermano le pide un favor imposible: recibir en el aeropuerto a Gemma, una arquitecta valenciana que llega buscando respuestas y, quizá, un amor que no le pertenece.
Entre jacarandas, tráfico y cafés fríos, Alondra intenta ser la «hermana perfecta» sin traicionarse a sí misma. Pero Gemma no se conforma con la fachada: mira a Alondra como si pudiera leerla por dentro. En este encuentro inesperado, la promesa de la infancia empieza a sentirse menos como un puente y más como una cadena.
Mientras Alejandro intenta proteger su propio futuro, Alondra descubre que también existe el derecho a elegir. En su búsqueda de Santa Lucía, deberá decidir si vive por lealtad o por amor. Porque hay promesas que se hacen con el alma, pero se cargan con el cuerpo.
Buscando a Santa Lucía
Capítulo 1
CAPÍTULO 1 – LA PROMESA
Hay promesas que se hacen con el alma… y se cargan con el cuerpo.
La primavera en la Ciudad de México tiene algo de cruel. Te promete belleza con sus jacarandas
moradas, pero también te recuerda que todo lo hermoso es efímero. Las calles se llenan de
pétalos como si alguien hubiera decidido cubrir el asfalto con un manto de esperanza, y yo…
bueno, yo sigo intentando creer que la esperanza no es una palabra hueca.
Aquella mañana me levanté con energía, convencida de que sería un día normal. Spoiler:
no lo fue. Y si alguien me hubiera dicho que mi vida iba a dar un giro de esos que parecen
sacados de una novela, le habría lanzado mi taza de café a la cara. Con cariño, claro.
Hice mis ejercicios matutinos mientras las noticias hablaban de política y caos, dos cosas
que no me interesaban antes de las ocho de la mañana. Después, me preparé para ir al hospital.
Mi rutina era tan predecible que podría escribirla en un post-it: bata blanca, estetoscopio, sonrisa
profesional y la esperanza de salvar la vida de un niño más. Porque sí, soy pediatra. Y sí, elegí
esta profesión por razones que no tienen nada que ver con la vocación y todo que ver con una
promesa que hice cuando tenía diez años.
Promesas. Esas cosas que parecen inofensivas cuando las pronuncias, pero que terminan
moldeando tu vida entera.
Mientras manejaba rumbo al hospital, atrapada en el tráfico infernal de Insurgentes, puse
mi playlist de Julieta Venegas. Y ahí estaba yo, cantando bajito para que el miedo no me
escuchara —vieja costumbre—, cuando mi mente decidió abrir el cajón de los recuerdos.
Alejandro. Mi hermano. Tenía años. Llevaba siempre ese gorro azul. Su mirada desafiaba a la
enfermedad:
La gran C: el elefante en la habitación.
Mi hermano solía referirse a la enfermedad como «la gran C». Era como nuestro
Beettlejuice: nunca la nombrábamos porque parecía que, si lo hacíamos, aparecería una serpiente
enorme en la habitación del hospital. Era el gran elefante en medio de todo; nadie quería mirarlo
directamente, pero todos sentíamos su presencia.
Mi mamá, en su afán de encontrar respuestas y soluciones, se sumergió en investigar cada
detalle sobre la enfermedad y sus tratamientos. Por otro lado, mi papá decidió enfocarse en el
trabajo, como si al ocuparse pudiera evitar enfrentar lo que estaba pasando. Cada uno buscaba
refugio de la tormenta a su manera.
Y yo… yo me quedé al lado de mi hermano, acompañándolo y compartiendo silencios,
porque a veces el simple hecho de estar presente es la única forma de resistir el miedo que
provoca lo desconocido. Y a mis diez años le prometí que nunca lo dejaría solo. Que siempre lo
cuidaría.
Spoiler número dos: las promesas son como tatuajes. Puedes intentar borrarlas, pero
siempre queda la marca.
El hospital infantil olía a desinfectante y esperanza, una combinación rara que aprendí a amar.
Las paredes estaban llenas de murales coloridos, globos pintados y animales sonrientes que
intentaban distraer a los niños de la realidad. Funcionaba a medias; porque la realidad, cuando
duele, no se tapa con pintura.
Ese día atendí a tres pacientes antes de las diez. Uno de ellos me regaló un dibujo de un
dinosaurio con capa. «Es un superhéroe, como tú», me dijo. Y yo sonreí, porque los niños tienen
esa capacidad de hacerte sentir invencible cuando en realidad estás hecha pedazos por dentro.
A la hora de la comida, estaba en la terraza del hospital con mi café frío y mi portátil
cerrado, cuando escuché el sonido familiar de los pasos de Alejandro. Mi hermano tiene esa
manía de aparecer cuando menos lo espero, como si tuviera un radar para detectar mis momentos
de calma y arruinarlos. Traía una bolsa de pan dulce. Traducción: venía a soltar una bomba.
—¿Tienes café? —preguntó, sin mirarme.
—Siempre. Y si no, lo invento. —Le hice un gesto para que se sentara.
Se sentó, partió una concha y me dio la mitad. Así es Alejandro: cree que compartir
carbohidratos es compartir problemas. Y no se equivoca.
Carraspeó y se acomodó en la silla, moviendo su café con ese gesto nervioso que solo él
tiene cuando algo le inquieta. Yo observé cada detalle como si todo ocurriera en cámara lenta,
sabía exactamente lo que significaban esos pequeños rituales: eran señales inequívocas de que
algo importante estaba por suceder. Conozco tan bien a mi hermano que podríamos pasar por
gemelos; sus gestos, sus silencios, y hasta la manera en que evade la mirada cuando le pesa el
mundo, me resultan familiares.
Todo en ese momento era un mal presagio; el tipo de atmósfera que antecede a una
conversación que cambiaría el rumbo de las cosas. Yo me preparé para recibir la noticia, para ser
una vez más, el soporte que prometí ser desde niña. Para romper la tensión que flotaba entre los
dos, decidí intervenir y ayudarle a dar forma a las palabras que tanto le costaba soltar. Sentía que
debía estar ahí, como siempre, para acompañarlo en esos momentos difíciles en los que el
silencio pesa más que cualquier conversación.
—¿Y cómo va el asunto de la reconciliación con Cynthia? —pregunté buscando allanar el
camino para que pudiera sincerarse.
Mi pregunta pareció liberar un nudo que llevaba tiempo atorado en su garganta. Entonces,
comenzó a contarme que, después de regresar de España, ese tiempo separados —seis meses que
se sintieron eternos— les sirvió para comprender que no podían tirar a la basura quince años de
historia juntos. Recordó que Cynthia fue su primera novia, su primer beso y su primer todo.
—Sí, ya sé lo que quieres decir, no tienes que explicarme —lo interrumpí entendiendo
perfectamente la importancia de ese amor en su vida.
Entonces Alejandro siguió relatando su experiencia en España: la oportunidad de ir al
estudio de arquitectura de la directora en Barcelona, los días en Madrid y, sobre todo, aquel
último mes en el que conoció a una joven increíble, inteligente, simpática y hermosa. Salieron un
par de veces, pero él nunca se sintió cómodo. No se atrevió a dar un paso más porque, después de
mucho pensar, comprendió que los problemas con Cynthia tenían solución y no quería tirar por
la borda la mitad de su vida por un distanciamiento. Valorar la relación y la distancia les ayudó a
ambos; incluso, planeaban hacer crecer su familia: Cynthia había ido al ginecólogo ese mismo
día para dejar los anticonceptivos.
Observé la sinceridad en la mirada de mi hermano y confirmé que el amor que sentía por
Cynthia era genuino y profundo, un sentimiento que había estado presente desde que la conoció
en la secundaria. Para Alejandro, Cynthia era única, la mujer perfecta. Ni siquiera tenía posters
de celebridades en su habitación.
—O sea que saliste con una chica en España, era muy linda, pero no pasó nada entre
ustedes —aclaré buscando certezas.
—Te juro que no pasó nada, ni siquiera un beso. Salimos varias veces, pero jamás di ese
paso. Cuando regresé y vi a Cynthia, todo quedó claro para mí —respondió con honestidad.
—Me alegra que hayas recuperado esa relación, hermano. Cynthia ha sido un pilar en tu
vida y también te ha hecho el hombre que eres —le dije reconociendo el valor de su pareja.
Mi hermano, con una mirada transparente, me confesó:
—También soy el hombre que soy gracias a ti.
Ese tipo de confesiones entre hermanos suelen desestabilizarnos; por lo general, somos
más rudos y reservados. En ese instante él fue completamente honesto y, para evitar que mis ojos
se llenaran de lágrimas, preferí cambiar de tema.
—Bueno, ¿y a qué viene toda esta explicación? Tienes un mes de haber regresado de
España y solo me habías contado algunas cosas. ¿Por qué ahora decides contarme esto?
—cuestioné intrigada.
Alejandro volvió a su ritual nervioso: movió su café, partió un trozo de concha y respiró
profundo antes de responder.
—Le comenté a Gemma que estaba separado —no divorciado ni nada—, que tenía
problemas con mi esposa y, al regresar, no cerré del todo esa relación. No fui infiel, solo seguí la
conversación porque es una persona agradable, pero no quiero herirla.
—¿Quieres un consejo? ¿O qué es lo que realmente buscas? —le pregunté intentando
comprender el trasfondo de su confesión.
—Gemma vendrá a un congreso de arquitectura en México y quiere que hablemos sobre
nuestra conexión. La verdad, no sé cómo enfrentarla y decirle que no puedo ofrecerle nada como
pareja. No soy cobarde, pero no sé cómo hacerlo. Tú prometiste ayudarme cuando estaba en el
hospital y nunca te lo he pedido hasta ahora, pero creo que este es el momento. Eres buena
hablando con la gente, eres pediatra, sabes cómo tratar a las personas. Por eso quiero que tú
hables con ella, que la recibas y le expliques, sin lastimarla, que no hay esperanza conmigo. Yo
sería muy bruto para eso —me confesó casi suplicando.
Traté de digerir todo lo que me había dicho. Al final, lo que me pedía era que yo hablara
con esa mujer desconocida y le dejara claro que no tenía posibilidades con mi hermano. En el
fondo, ese era el núcleo de todo el asunto.
—¿O sea que quieres que sea tu tapadera? —le pregunté con ironía.
—No, no quiero eso. Quiero que se lo digas de una forma sutil: que la recibas en el
aeropuerto, que le expliques que no soy mala persona, que nunca he sido infiel y que no quiero
lastimarla —aclaró, sincero.
Pensé un momento en las posibles consecuencias. Podría acabar recibiendo una bofetada
por culpa de mi hermano, pero era cierto: yo había prometido protegerlo y jamás rompo una
promesa, por difícil que sea cumplirla.
«Gemma». El nombre flotó entre nosotros como un globo que no sabes si va a explotar o
elevarse. Arquitecta valenciana. Congreso en México. Sonrisa fácil, según Alejandro. Y ahora…
¿qué?
Ahí estaba: la bomba. Y yo, como siempre, en el papel de salvadora; porque cuando
prometes cuidar, no hay cláusula que te permita decir «no».
—¿Y qué se supone que haga? ¿Invitarla a comer churros y decirle que mi hermano es un
idiota adorable? —Mi tono sarcástico salió sin filtro.
Alejandro sonrió triste.
—Solo… acompáñala. Haz que se sienta bienvenida. No quiero lastimarla más.
Lo miré largo rato. Pensé en Cynthia, en Gemma, en todas las vidas cruzadas como hilos
enredados. Pensé en mí, en la promesa que me ata desde hace veinte años. Y dije lo único que
podía decir:
—Está bien. Pero no me pidas que mienta si me pregunta.
Él asintió. Y con ese gesto supe que mi vida acababa de complicarse.
La noche caía sobre la ciudad y, como siempre, Luz llegó sin avisar, con una bolsa de churros y
esa energía de huracán que ni el tráfico de Insurgentes podía detener. Se coló en mi cocina como
si viviera aquí —que, a estas alturas, casi podría—, y dejó caer su mochila en la silla con un
suspiro dramático.
—¿Otra vez con esa cara de funeral, Gallardo? —me soltó sin anestesia, mientras sacaba
dos cafés de la bolsa—. O dime que es por el café frío y no por tu tendencia a cargar el mundo en
la espalda.
—¿Y si te digo que es por ambas? —respondí encogiéndome de hombros. Mi voz sonó
más cansada de lo que quería.
—A ver, suéltalo —Luz se sentó frente a mí y me estudió con esos ojos de rayos X que
no perdonan ni una grieta—. ¿Qué te ronda la cabeza ahora? ¿El hospital, Alejandro, el
apocalipsis zombi?
—La promesa —dije bajito, como si temiera que el universo escuchara—. A veces siento
que no sé vivir sin ella. Que, si dejo de cuidar a Alejandro, dejo de ser yo.
Luz asintió seria por una vez en la vida.
—¿Sabes qué pienso? Que llevas tanto tiempo siendo la hermana mayor perfecta, la
doctora invencible, que se te ha olvidado cómo ser Alondra. La de verdad. La que canta en la
ducha y se ríe hasta llorar.
—¿Y si esa Alondra ya no existe? —pregunté, y el nudo en la garganta amenazó con
ganar la batalla.
—Claro que existe; solo está enterrada bajo toneladas de responsabilidad y miedo, pero
sigue ahí. Y te lo digo yo, que te conozco desde que usabas coletas y soñabas con ser astronauta.
Me reí a pesar de mí misma.
—¿Sabes qué es lo peor? Que a veces me da miedo soltar, como si el hecho de dejar de
cuidar a Alejandro fuera a provocar que algo malo le pasara… como si mi promesa fuera un
talismán.
—O una cadena —apuntó Luz, con esa puntería quirúrgica que solo tienen las mejores
amigas—. Mira, Alondra, entiendo que quieras protegerlo, pero Alejandro ya no es ese niño
asustado en la cama del hospital; es un adulto y tú tienes derecho a vivir tu vida, a equivocarte y
a no ser perfecta.
—¿Y si no sé cómo hacerlo? —susurré.
—Pues aprendes, improvisas o te caes y te levantas; lo que no puedes es vivir para
siempre en modo guardia nocturna. No eres la protagonista de Grey’s Anatomy, por mucho que
te empeñes.
—¿Y si me rompo?
—Entonces aquí estaré yo, con churros y tequila, para ayudarte a juntar los pedacitos; y si
hace falta, lo pegamos todo con cinta adhesiva y seguimos adelante.
Nos quedamos en silencio un momento. Afuera, la ciudad seguía su bullicio, pero dentro
solo estábamos Luz y yo: dos amigas intentando descifrar el caos de la vida adulta.
—¿Sabes qué me da miedo? —confesé bajando la voz—. Que algún día llegue alguien y
me pida algo que no pueda dar; que me pida elegir entre mi promesa y mi felicidad.
Luz sonrió tierna y feroz a la vez.
—Pues ese día, amiga, eliges, y lo que elijas estará bien, porque será tu elección; no la de
Alejandro, ni la del hospital, ni la de mamá. La tuya.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces te equivocas y aquí estaré yo para recordarte que no pasa nada; que la vida no
es una cirugía a corazón abierto y que a veces solo hay que respirar y dejarse llevar.
La miré, y el peso de la promesa se sintió más ligero, como si solo por esa noche pudiera
permitirme ser solo Alondra: sin títulos, sin cadenas y sin miedo.
—Gracias, Luz.
—De nada, Gallardo. Ahora, pásame un churro antes de que me arrepienta de ser tan
sabia.
Nos reímos, y en esa risa, encontré un poco de paz. Podía ser que mañana el miedo
volviera y la promesa pesara como siempre, pero esa noche, en mi cocina, con mi mejor amiga y
un café decente, el mundo parecía un lugar más habitable. Por primera vez en mucho tiempo, me
permití soñar con la posibilidad de soltar; aunque fuera solo un poco.
La noche avanzaba y el café ya estaba frío, pero Luz seguía ahí, sentada frente a mí,
como si supiera que no bastaba con una charla superficial. El silencio se instaló entre nosotras,
cómodo, hasta que decidí romperlo; porque si había alguien capaz de escuchar mis dilemas sin
juzgarme, era ella.
—Luz, ¿puedo preguntarte algo sin que me des el sermón de siempre? —pregunté
jugando con el borde de la taza.
—Depende: si es sobre el hospital, te dejo hablar; si es sobre tu hermano, te escucho; y si
es sobre el apocalipsis zombi, te ayudo a hacer el plan de escape.
Sonreí porque Luz nunca fallaba en hacerme reír cuando más lo necesitaba.
—Es sobre Alejandro… bueno, sobre la promesa y sobre una arquitecta española que está
a punto de aterrizar en mi vida.
Luz arqueó una ceja, interesada.
—¿Una arquitecta? ¿Y qué tiene que ver «la promesa» con una arquitecta española?
—Todo —respondí con un suspiro—. Se llama Gemma. Viene por un congreso y mi
hermano no sabe cómo decirle que regresó con su esposa. Alejandro me pidió que la reciba, que
la distraiga, que le explique que no hay esperanza con él; que sea su «tapadera emocional», pero
sin mentirle. Y yo… no sé si puedo hacerlo; no sé si quiero.
Luz se inclinó hacia mí, seria.
—¿Y por qué aceptaste? ¿Por la promesa?
—Sí, porque cuando tenía diez años le prometí que siempre lo cuidaría. Que nunca lo
dejaría solo. Ahora, cada vez que me pide algo, siento que no puedo decirle que no porque, si lo
hago, traiciono todo lo que soy.
—Alondra, ser hermana mayor de un sobreviviente de cáncer no te convierte en su
guardaespaldas de por vida. Lo que viviste con Alejandro fue duro, lo sé, pero él ya no es ese
niño asustado y tú tampoco eres la niña que cantaba para espantar el miedo.
—¿Y si me equivoco? ¿Y si, por ayudarle termino lastimando a alguien más? ¿Y si
Gemma se convierte en otra víctima de mis promesas mal gestionadas?
Luz suspiró y se tomó un momento antes de responder.
—Mira, amiga, las promesas que hacemos de niños suelen ser absolutas porque el miedo
también lo es, pero la vida cambia y tú tienes derecho a cambiar con ella. No eres responsable de
la felicidad de Alejandro ni de la de Gemma; solo de la tuya.
—¿Y si no sé cómo elegir? —pregunté con la voz temblorosa.
—Entonces improvisa. Haz lo que te parezca más honesto. Si recibes a Gemma, hazlo
como tú eres: directa, sincera, con ese humor negro que solo tú entiendes. No te conviertas en la
heroína de nadie y, si en algún momento sientes que la promesa te ahoga, háblalo con Alejandro,
conmigo o con quien sea, pero no te lo guardes.
Me quedé callada mientras procesaba sus palabras; Luz nunca me daba respuestas fáciles,
pero siempre eran las necesarias.
—¿Y si la promesa es lo único que me sostiene? —insistí.
—Entonces es hora de construir algo más. Deja que la promesa sea un puente, no una
cadena; si Gemma resulta ser alguien especial, no te cierres. No vivas como si tu vida estuviera
escrita en piedra desde aquel hospital.
Nos reímos y el miedo se hizo más pequeño. Mientras Luz me abrazaba, sentí que, pasara
lo que pasara, no estaría sola.
—Gracias, Luz. No prometo nada, pero intentaré no ser la tapadera perfecta. Solo ser yo.
—Eso es todo lo que te pido. Y si la arquitecta te cae bien, invítala a tomar café, pero
nada de dramas, ¿eh?
—Lo intentaré. Aunque, con mi historial, no prometo milagros.
El día que Gemma llegó, la ciudad lucía tapizada de jacarandas, sus flores pintaban de violeta el
aire cálido. Yo estaba ahí, en el aeropuerto, fingiendo una sonrisa que había practicado mil veces
mientras el corazón se me enredaba de nervios. Salí de casa con tiempo suficiente, calculando
cada minuto para no llegar tarde, y cuando estuve frente a la puerta de llegadas internacionales,
verifiqué el número de vuelo: no había ningún retraso.
Me quedé ahí, observando esas puertas ahumadas tras las que solo se distinguen siluetas
borrosas, como fantasmas atrapados en el limbo del reclamo de equipaje. El ritual era
angustiante: la espera interminable, el ir y venir de maletas y la incertidumbre colgando en el
ambiente. Poco a poco, los fantasmas empezaron a perfilarse; en cuanto la puerta automática se
abrió, las figuras difusas se convirtieron en personas reales: familias que se reencontraban,
amigos que se abrazaban y yo, sola, sosteniendo un letrero de cartón con el nombre de Gemma,
sintiéndome un poco ridícula.
De pronto, la vi. En ese instante comprendí por qué Alejandro estaba tan confundido: su
presencia destacaba entre la multitud y todo el nerviosismo, la espera y el ambiente del
aeropuerto parecieron desvanecerse por un momento.
Caminó hacia mí con paso seguro, como si supiera exactamente dónde estaba y qué
hacer; al verla acercarse, las palabras que tenía ensayadas se me escaparon. El letrero con su
nombre se sentía innecesario, porque era imposible confundir a Gemma con cualquier otra
persona. Apenas se detuvo frente a mí, noté el brillo en sus ojos: esa mezcla de curiosidad y
ternura que desarmaba cualquier defensa. Me lancé a dar el saludo, un poco torpe, y justo en ese
cruce de miradas y sonrisas, el aeropuerto dejó de ser solo tránsito para convertirse en el
escenario de un encuentro que, sin saberlo, cambiaría mi historia.
Cuando se acercó, sentí que el aire a mi alrededor se volvía más ligero, como si la tensión
de la espera se disipara solo con su presencia; Gemma tenía esa energía que hace que los
silencios no incomoden, que los gestos pequeños digan más que las palabras.
Mientras cruzábamos las miradas, entendí que el encuentro no era casualidad, sino el
principio de algo que, aún sin poder nombrar, ya había comenzado a transformar el ritmo de mi
corazón. Su llegada llenó de curiosidad el ambiente y, al escuchar su voz, todo el bullicio del
aeropuerto pareció alejarse, dejándonos a nosotras en una especie de burbuja donde solo
importaba ese instante compartido.
—Alondra, ¿verdad? —Su acento español acarició mi nombre.
—La misma. Bienvenida a México. —Sonreí intentando parecer relajada.
Cuando nuestras manos se rozaron al saludarnos, sentí electricidad; literal, como si
alguien hubiera enchufado mi sistema nervioso. Y ahí supe que esto no iba a ser fácil.
—Gracias por venir a buscarme. Alejandro me dijo que estabas ocupada, pero… —Me
miró con curiosidad—. ¿Siempre sonríes así o es por compromiso?
Touché. Primera estocada. Y yo, que suelo tener respuestas para todo, me quedé sin
palabras.
—Depende. —Le devolví la mirada—. ¿Siempre preguntas así o es por curiosidad?
Sonrió, y en esa sonrisa había algo peligroso; algo que me hizo pensar que mi vida iba a
dejar de ser predecible.
El aeropuerto siempre me ha parecido un lugar extraño: gente que llega, gente que se va,
promesas que se cumplen y otras que se rompen. Mientras caminábamos hacia la salida, Gemma
miraba todo con curiosidad, como si cada anuncio luminoso fuera una obra de arte.
—¿Siempre hay tanta gente? —preguntó esquivando a un grupo que parecía haber
decidido acampar en medio del pasillo.
—Bienvenida a la Ciudad de México —respondí—. Aquí todo es «siempre»: siempre
tráfico, siempre gente, siempre caos.
—Me gusta —Su voz sonó sincera, y eso me desconcertó—. El caos tiene personalidad.
La miré de reojo. ¿Quién demonios encuentra atractivo el caos? Yo, que vivo intentando
controlarlo todo, sentí que esa frase era una declaración de guerra.
El trayecto en coche fue… interesante. Gemma hablaba sin parar, como si las palabras
fueran caramelos que no podía dejar de repartir; yo, en cambio, respondía con monosílabos
intentando mantener la compostura. Grumpy Sunshine en su máxima expresión.
—¿Siempre conduces tan tranquila? —preguntó apoyando la frente en la ventana.
—¿Tranquila? Estoy a punto de perder la paciencia con este tráfico —contesté sin apartar
la vista del coche que llevaba diez minutos bloqueando el carril.
—Pues no se nota. —Sonrió—. Yo estaría tocando el claxon como una loca.
—Eso no ayuda. —Suspiré—. Aquí el claxon es como el himno nacional: todos lo
cantan, nadie lo escucha.
Gemma soltó una carcajada que hizo que el coche pareciera menos claustrofóbico. Y ahí
estaba otra vez esa sensación rara: electricidad; como si su risa tuviera el poder de desarmar mis
muros. Ella observaba todo por la ventana, como si cada anuncio luminoso fuera una obra de
arte. Yo, mientras tanto, intentaba no perder la paciencia con el conductor que había decidido
que «la ruta rápida» era la que tenía más semáforos.
Gemma rompió el silencio, curiosa:
—Oye, ¿tu hermano siempre ha tenido ese sentido del humor tan… ácido? Pensé que era
cosa suya, pero tú tienes el mismo. ¿Es familiar o es que todos los mexicanos son así de
sarcásticos?
Sonreí porque la pregunta me pilló justo en el momento en que estaba a punto de soltarle
una indirecta al taxista que se me iba cerrando en el carril derecho.
—¿Sarcasmo? No, aquí lo llamamos mecanismo de supervivencia; si no te ríes, el tráfico
te come viva.
Gemma se rio genuina.
—En España también somos irónicos, pero lo tuyo y lo de Alejandro es como… ¿cómo
lo diría? Más afilado; como si cada frase fuera una especie de defensa personal.
—¿Defensa? Puede ser. Aquí, si no tienes sentido del humor, te conviertes en meme antes
de llegar a casa. En mi familia, el sarcasmo es casi religión: mi madre lo usa para sobrevivir a las
telenovelas y mi hermano para no llorar en las juntas de arquitectura.
—¿Y tú? ¿Siempre has sido así de… grumpy?
—Solo los días que terminan en «s», cuando hay tráfico, cuando mi café está frío o
cuando mi hermano me mete en sus líos internacionales.
—Me encanta. En Valencia somos más de bromas, pero menos de sarcasmo; aunque, si te
soy sincera, me gusta ese humor negro. Es como si dijeras la verdad sin pedir permiso.
—Aquí pedir permiso es perder tiempo; mejor disparar primero y preguntar después.
Además, si no tienes respuestas rápidas, los chilangos te comen viva.
—¿Crees que me adapte? Porque entre el tráfico, el caos y tu humor, siento que estoy en
una película de Almodóvar, pero con más tacos.
—Si sobrevives a la Roma y a una guardia en el hospital, te doy el diploma de mexicana
honoraria; pero tienes que aprender a reírte de ti misma. Es la única regla.
Gemma sonrió mirando por la ventana.
—¿Y si me pierdo?
—Te encuentras en una taquería, en una cantina o en el karaoke. Aquí nadie se pierde
para siempre.
Frené de golpe para evitar chocar con el taxista de al lado y solté un «¡Bienvenida al DF
o, perdón, para los fresas: “CDMX!”» como si fuera el eslogan oficial. Gemma me miró,
divertida.
—¿Eso también es parte del humor mexicano?
—No, eso es parte del caos; pero si lo tomas con filosofía, hasta el caos tiene gracia.
Gemma se recostó relajada en el asiento.
—Me gusta tu país y tu humor, pero creo que voy a necesitar un traductor para tus
indirectas.
—No te preocupes. Si no entiendes algo, solo ríete. Es lo que hacemos todos.
Gemma sonrió y sentí que el sarcasmo no era solo defensa, sino un puente. Mientras el
semáforo se ponía en verde y la avenida avanzaba entre cláxones y vendedores ambulantes,
pensé que el humor puede ser el mejor idioma para empezar de cero.
Me estacioné frente al hotel y el motor se apagó sin que mi cabeza siguiera corriendo.
Gemma miró el edificio con esa mezcla de turista y arquitecta: curiosidad, análisis y un poco de
nerviosismo. Yo, en cambio, solo pensaba en que había pedido días libres en el hospital para
esto: para recibirla como se merecía o, siendo honesta, para tener tiempo suficiente para decidir
cuándo soltar la bomba: «Mi hermano no está disponible, pero México tiene otros encantos».
—¿Lista para tu aventura en la jungla chilanga? —pregunté fingiendo que no me
importaba si se quedaba o se iba.
—¿Esto cuenta como jungla? Porque en Valencia la jungla tiene palmeras y menos
tráfico —respondió sonriendo. Su acento me hacía pensar en vacaciones y en todo lo que yo no
era.
—Aquí la jungla tiene semáforos, vendedores de tamales y una fauna urbana que te puede
enamorar o robarte el móvil; depende del día.
Gemma se rio y el sonido me desarmó más de lo que debería.
—Gracias por traerme, Alondra. No sé si todos los mexicanos son así de atentos pero, si
lo son, creo que voy a disfrutar mucho este viaje.
—¿Atentos? Eso es solo el principio. Los mexicanos como pareja son fieles, familiares,
trabajadores… y, si tienes suerte, hasta saben bailar. Si ninguno te convence, te ayudo a hacer el
casting personalmente.
—¿Eso es una oferta oficial? ¿Tienes un catálogo de solteros mexicanos?
—Tengo contactos en todos los grupos de WhatsApp familiares. Aquí, si no tienes un
primo disponible, te lo inventan.
Gemma se rio otra vez y el mundo pareció menos complicado. Salimos del coche y
caminé a su lado hasta la puerta del hotel. El aire nocturno olía a ciudad y a posibilidades.
—¿Pediste días libres para acompañarme en esta aventura? —preguntó deteniéndose
frente a la entrada.
«Sí. Quería asegurarme de que tu primera impresión de México fuera memorable. Y,
siendo sincera, necesitaba tiempo para decidir cuándo decirte que Alejandro está fuera del
mercado. Pero si quieres, podemos fingir que soy una anfitriona ejemplar».
Obviamente no podía decirle eso, no en ese momento y no de esa forma; solo lo pensé.
Entonces entendí la petición de mi hermano: Gemma es de esas mujeres que no quieres lastimar.
Deseaba que su llegada a México fuera algo digno de recordar y no una experiencia más del
montón; me propuse que cada momento fuera especial para que, al final del viaje, conservara
recuerdos que la hicieran sonreír incluso a la distancia.
Por eso, mientras me esforzaba por ser la anfitriona perfecta, evitaba revelar demasiado.
Prefería mantener la fachada de la amiga atenta que solo quiere mostrar lo mejor de su ciudad,
con una realidad más compleja por dentro. Entendí entonces por qué mi hermano había insistido
tanto en que cuidara a Gemma: ella es una de esas personas que no quieres lastimar bajo ninguna
circunstancia, alguien que merecía solo lo mejor que pudieras ofrecer. Y, guardé silencio, pero
sabía que tarde o temprano tendría que enfrentar ese dilema.
Gemma se acercó y la distancia entre nosotras se redujo a centímetros. El portero nos
miraba, pero no me importó; sentía el corazón en la garganta y la promesa de mi infancia
pesando en los hombros.
—¿Y si en vez de buscarme un novio, me enseñas la ciudad tú? —susurró con esa voz
que parecía hecha para romper defensas.
—Eso sí te lo garantizo. Mañana empieza el tour: Coyoacán, la Roma, tacos, museos y, si
sobrevives, karaoke. Pero aviso: aquí nadie sale ileso del picante ni del tráfico.
Gemma sonrió, y en ese gesto había una promesa de caos y de algo más. Nos quedamos
tan cerca que el mundo se redujo a la línea invisible entre su boca y la mía. No sé quién se
inclinó primero, pero el beso no llegó a suceder; se quedó ahí, flotando a milímetros de distancia,
como si el universo estuviera conteniendo la respiración.
—Buenas noches, Alondra —susurró y su aliento rozó mis labios.
—Buenas noches, arquitecta. Descansa… mañana empieza el tour de supervivencia
mexicana.
Gemma entró al hotel, pero antes de que la puerta se cerrara, me lanzó una última mirada,
que prometía problemas y aventuras a partes iguales. Me quedé ahí afuera, con el corazón
desbocado y la certeza de que, si esto seguía así, iba a necesitar más que sarcasmo para
sobrevivir a la semana.
Mi voz interna, siempre lista para arruinar el momento, susurró: «Bien hecho, Gallardo.
Se suponía que solo era distraerla, ¿no? Qué fácil… hasta que conoces a una arquitecta con
sonrisa de sol».
En mucho tiempo, no había dudado tanto de si quería que la puerta se cerrara.
Me alejé de la entrada y el aire nocturno de la ciudad me golpeó como una bofetada
suave: te despierta, pero no duele. Caminé hacia mi coche con el corazón acelerado y la cabeza
llena de preguntas que no tenían respuesta fácil.
«¿En qué momento se volvió tan complicado cumplir una promesa? ¿Por qué, después de
tantos años de cuidar a Alejandro, de ser la hermana mayor perfecta, me siento tan vulnerable?».
Me apoyé en el volante y dejé que la respiración volviera a su ritmo. Repasé la escena en
la puerta del hotel: la cercanía, el casi beso y esa electricidad que no se explica, pero se siente.
Me reí sola, porque si algo me quedaba claro era que el sarcasmo era mi mejor defensa. Pero esta
vez no bastaba. Había algo en Gemma que desarmaba mis muros, que me obligaba a
preguntarme si la promesa que hice de niña seguía teniendo sentido, ahora que Alejandro era un
adulto feliz, y yo… yo seguía atrapada en el papel de guardiana.
Recordé la voz de Luz, su consejo de que las promesas pueden ser puentes y no cadenas.
Pero ¿cómo se suelta una promesa que te ha definido toda la vida? ¿Cómo se aprende a vivir para
una misma cuando llevas años viviendo para otros?
La herida de haber sido silenciada al cantar también latía bajo la superficie. Pensé en la
última vez que me había atrevido a mostrarme vulnerable; en cómo el miedo y la culpa me
robaron la voz. ¿Y si Gemma era la oportunidad de recuperar algo que creía perdido? ¿Y si, al
fin, podía elegir sin sentir que traicionaba a mi hermano, a mi familia o a mí misma?
El móvil vibró. Un mensaje de Alejandro: «¿Todo bien con la arquitecta? No la pierdas,
por favor. Y no te pierdas tú». Sonreí porque la ironía era perfecta. Justo en ese momento, sentía
que estaba a punto de perderme… pero también de encontrarme.
Al día siguiente decidí llevarla primero al Palacio de Bellas Artes. Porque si vas a impresionar a
alguien, hazlo con mármol y vitrales Cartier. Mientras caminábamos por la explanada, Gemma
se detuvo frente al edificio y soltó un suspiro que parecía salido de una película.
—Es… impresionante —dijo. Sus ojos brillaban como si acabara de descubrir un tesoro.
—Es uno de los lugares más fotografiados de la ciudad —respondí intentando sonar
objetiva.
—¿Y tú? ¿Lo has fotografiado? —preguntó girándose hacia mí.
—No —me encogí de hombros—. Cuando algo forma parte de tu rutina, deja de parecer
especial; pero el Palacio de Bellas Artes es la excepción. Sin lugar a dudas, es mi lugar favorito
de toda la ciudad y un buen punto de partida para que la conozcas.
Gemma me miró como si acabara de confesar un crimen.
—Eso es triste, Alondra. —Su tono era suave, pero sus palabras me atravesaron—. Dejar
de ver lo especial en lo cotidiano… es como dejar de respirar.
Me quedé callada porque, aunque no lo admitiera, tenía razón. Y porque esa frase me
recordó algo: las noches en el hospital, cantando bajito para que el miedo no me escuchara.
¿Cuándo dejé de ver lo especial en mi propia vida?
Salimos del Palacio de Bellas Artes y el aire de la tarde olía a ciudad, a historia y a elotes
asados. Gemma caminaba a mi lado, con esa mirada de arquitecta que disecciona el mundo y lo
reconstruye a su antojo. Yo, en cambio, intentaba no reconstruirme demasiado; no fuera a ser que
se me cayera el andamio emocional.
—¿Sabes? —le dije señalando hacia la esquina de la explanada—: hay un punto exacto
desde donde puedes ver cómo la esquina del palacio encaja, casi a la perfección, con la parte
superior de la Torre Latinoamericana. Como si fueran piezas de un rompecabezas urbano.
Gemma se detuvo intrigada. Sus ojos verdes brillaron con esa chispa que solo aparece
cuando se descubre un secreto arquitectónico.
—¿En serio? ¿Eso fue planeado?
—Nadie lo sabe. Hay quien dice que es pura casualidad; otros, que fue un guiño del
arquitecto de la torre, Augusto H. Álvarez. Pero lo cierto es que, si te paras justo aquí… —me
coloqué en el sitio exacto, invitándola a ponerse a mi lado—, parece que la esquina de Bellas
Artes se inserta en la torre, como si la ciudad hubiera decidido unir pasado y futuro en una sola
línea de visión.
Gemma se colocó a mi altura. El bullicio del centro desapareció. Solo estábamos ella, yo
y dos edificios que, desde ese lugar, parecían buscarse y encontrarse en el horizonte.
—Esto no lo ves en todas partes del mundo —susurró casi para sí—. Es como si la ciudad
te regalara una coincidencia, un momento de armonía en medio del caos.
—Bienvenida a la Ciudad de México —respondí con mi mejor voz de guía turística—.
Aquí hasta el caos tiene sentido del humor.
Gemma sonrió, y en ese gesto hubo algo que me desarmó. Nos quedamos en silencio,
mirando cómo la esquina de mármol blanco parecía encajar con la silueta moderna de la torre.
Sentí su hombro rozar el mío; apenas lo suficiente para que mi corazón decidiera improvisar una
cumbia.
—¿Sabes qué es lo mejor? —dije—. Que a veces no hace falta entender la estructura para
disfrutar del paisaje. Como muchas cosas buenas en la vida.
Gemma me miró, y en sus ojos hubo una mezcla de admiración y algo más. Algo que no
sabía nombrar, pero que me hacía sentir vista de verdad.
—Me gusta pensar que fue un guiño —dijo—. Que alguien, hace décadas, imaginó que
dos edificios podían encontrarse así, aunque nadie más lo notara.
—O que la ciudad, a veces, conspira para que las cosas encajen. Aunque sea solo por un
instante.
Nos quedamos ahí, juntas, viendo cómo el sol caía detrás de la torre y la esquina de
Bellas Artes brillando con luz dorada. El momento se estiró, íntimo, como si el tiempo también
quisiera encajar en ese rompecabezas.
Y entonces, sin saber muy bien cómo, nuestras miradas se cruzaron. Hubo un destello, un
silencio que ardía. No sabía si era la arquitectura, la ciudad o simplemente nosotras, pero todo
parecía posible.
Mi voz interna susurró: «Cuidado, Gallardo. Así empiezan las historias que no sabes
cómo terminar».
Pero no dije nada. Solo sonreí y dejé que la ciudad hiciera el resto.
Cruzamos la explanada y nos adentramos en la Alameda Central, ese pulmón verde que la ciudad
se empeña en conservar entre avenidas y caos. Gemma caminaba a mi lado, con los ojos bien
abiertos, como si cada árbol y cada estatua fueran piezas de un museo al aire libre. Yo, por mi
parte, intentaba no tropezar con mis propios pensamientos.
—¿Sabías que la Alameda es el parque más antiguo de América? —le dije en modo guía
turística, porque si algo me sale natural es fingir que tengo el control—. Aquí han paseado
virreyes, revolucionarios y, por supuesto, turistas despistados.
Gemma sonrió, y mi voz interna apuntó: «Bien, Gallardo, sigue con los datos históricos.
Así distraes el corazón».
—Me encanta cómo la ciudad mezcla lo antiguo y lo moderno —comentó deteniéndose
frente a una fuente—. Es como si todo estuviera en constante diálogo.
—Aquí el diálogo suele ser a gritos, pero sí, hay algo de eso. —Le hice un gesto para
seguir caminando—. ¿Ves esa estatua? Es de Beethoven. Nadie sabe por qué está aquí, pero
todos le toman fotos. Es como el primo incómodo en las reuniones familiares.
Gemma se rio y el sonido me hizo pensar que, si el universo tenía sentido del humor, lo
estaba usando conmigo.
—¿Siempre tienes ese humor tan… afilado? —preguntó con una mezcla de curiosidad y
admiración.
—Solo cuando estoy nerviosa. O cuando una arquitecta española me mira como si
pudiera leerme.
Gemma se detuvo y me miró de frente.
—¿Te incomoda que te lea?
—Me incomoda que alguien quiera hacerlo. Normalmente, la gente se conforma con la
fachada.
—Las fachadas están para ser cruzadas. Al menos, eso creemos los arquitectos.
Mi voz interna gritó: «¡Alerta roja! ¡Coqueteo en proceso!» Pero por fuera, solo sonreí y
seguí caminando.
El sol se filtraba entre los árboles y la ciudad parecía estar en calma. Gemma se detuvo
frente a un mural de colores vivos.
—¿Sabes? En Valencia tenemos plazas, pero nada como esto. Aquí todo parece tener
historia y cicatrices.
—Las cicatrices son parte del encanto. Y si no tienes una, te la inventan; es la ley
chilanga.
Nos sentamos en una banca y, por un momento, el bullicio de la ciudad se convirtió en
música de fondo. Gemma observaba a los vendedores de globos, a los niños corriendo y a los
músicos callejeros que desafinaban con entusiasmo.
—¿Te gusta vivir aquí? —preguntó, bajando la voz.
—A veces. Otras veces solo sobrevivo. Pero hoy… hoy me gusta.
Gemma me miró y en sus ojos había esa chispa que me desarmó.
—¿Y si mañana no te gusta?
—Entonces te llevo a comer churros y lo arreglamos. Aquí todo se arregla con azúcar y
sarcasmo.
—¿Sabes qué es lo mejor de la Alameda? —le dije mirando el horizonte—: que aquí
puedes perderte y encontrarte en la misma tarde. Y si te pierdes, siempre hay alguien dispuesto a
ayudarte.
Gemma sonrió, y el mundo se redujo a nosotras dos, a una banca, a una ciudad que
respiraba y a una promesa que empezaba a sentirse menos pesada.
En Coyoacán, el aire olía a café y a historia. Caminamos por las calles empedradas, entre casas
coloridas y puestos de artesanías. Gemma se detuvo frente a una librería y entró sin preguntar; yo
la seguí, porque ¿qué otra opción tenía?
—Mira esto. —Sacó un libro de arquitectura mexicana y lo sostuvo como si fuera un
trofeo—. ¿Sabías que Barragán decía que la arquitectura debía provocar emociones?
—Sí. Alejandro me lo dijo mil veces. —Sonreí recordando las conversaciones
interminables con mi hermano sobre colores, luz y espacios.
—¿Y tú? ¿Qué provoca en ti la arquitectura? —preguntó con esa curiosidad que parecía
no tener límites.
—Dolor de cabeza —respondí seca y Gemma soltó una carcajada que hizo que el dueño
de la librería levantara la vista.
—Me gusta tu sinceridad —dijo todavía riendo—, aunque creo que hay algo más.
No respondí porque no sabía qué decir. Porque, en realidad, había algo más: la
arquitectura me recordaba a Alejandro, a las promesas, a todo lo que había hecho para que él
pudiera seguir construyendo sueños mientras yo seguía atrapada en los míos.
Terminamos en un café con música en vivo. Un guitarrista tocaba boleros, y las luces cálidas
hacían que todo pareciera sacado de una postal. Gemma pidió una nieve de mango; yo, café.
Porque si algo me define, es la cafeína.
—¿Siempre eres tan seria? —preguntó mientras probaba la nieve.
—¿Siempre eres tan curiosa? —respondí arqueando una ceja.
—Es mi naturaleza. —Sonrió—. Me gusta entender a la gente.
—Pues conmigo lo tienes difícil. —Tomé un sorbo de café—. Soy un rompecabezas sin
instrucciones.
Gemma me miró un largo rato, como si intentara descifrarme. Y ahí estaba otra vez esa
tensión. Esa sensación de que, si seguía mirándome así, iba a descubrir cosas que ni yo quería
ver.
—¿Por qué elegiste ser pediatra? —preguntó de pronto.
La pregunta me golpeó como un puñetazo: la respuesta no era simple; era una promesa
hecha en una habitación de hospital, con el miedo respirándome en la nuca.
—Porque alguien que amo necesitaba que yo entendiera cómo funciona la vida cuando se
rompe. —Mi voz sonó más baja de lo que esperaba.
Gemma no dijo nada. Solo me miró con esos ojos verdes que parecían saber demasiado.
Hacía mucho que no sentía que alguien veía más allá de la bata blanca y la sonrisa profesional.
Cuando la dejé en el hotel, la ciudad estaba envuelta en luces y murmullos. Gemma se despidió
con una sonrisa que me dejó desarmada.
—Gracias por hoy, Alondra. —Su voz era suave, pero había algo en ella que me hizo
temblar—. Me gusta cómo ves el mundo, aunque digas que no lo ves.
No supe qué responder. Solo asentí y esperé a que entrara. Cuando la puerta se cerró, me
quedé en el coche, con las manos en el volante y el corazón latiendo como si hubiera corrido un
maratón. Porque, aunque no lo admitiera, algo había cambiado y no tenía nada que ver con
Alejandro; tenía que ver conmigo, con la promesa y con la posibilidad de romperla para
salvarme.
Esa noche llegué a casa con la sensación de que algo se había movido dentro de mí. No era solo
cansancio, era como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada durante
años: el aire era distinto, más ligero, más peligroso.
Me serví un vaso de agua y me quedé mirando la ciudad desde la terraza. Las luces
parpadeaban como estrellas artificiales, y pensé en todo lo que había pasado en el día: en
Gemma, en su risa y en sus preguntas que parecían bisturís. Como siempre, terminé pensando en
Alejandro porque todo en mi vida termina ahí: en la promesa.
Las palabras que pronuncié en ese pasillo de hospital seguían resonando en mi memoria,
tan intactas como el olor a desinfectante que marcó mi infancia. Años después, esa promesa se
volvió el hilo invisible que unía todos mis pasos; la razón detrás de cada decisión, incluso
cuando el peso de cuidar a alguien más parecía demasiado.
La noche en el hospital tenía ese silencio que pesaba más que el dolor, y las luces de neón hacían
que todo pareciera más frío, más lejano. Alejandro era una pequeña sombra en la cama; con
apenas ocho años, ya conocía el significado de la palabra sufrimiento mejor que cualquier adulto.
El monitor pitaba con una monotonía cruel y, cada vez que lo miraba, sentía que el mundo se
encogía un poco más.
Mamá discutía con el médico en el pasillo, con la voz temblorosa y los ojos llenos de
rabia y miedo.
—No puede seguir así, doctor. Ya no le hace efecto la morfina, ya no le calma el dolor.
¿No hay nada más que puedan hacer?
El médico bajaba la mirada; yo sabía que no había respuestas mágicas, solo protocolos y
límites.
Dentro de la habitación, Alejandro se retorcía con los ojos cerrados y la respiración
entrecortada. Yo me sentía tan pequeña como él, tan inútil como el último analgésico que no le
sirvió de nada. ¿Qué se supone que podía hacer una hermana mayor cuando el dolor es más
grande que el cuerpo de su hermano?
Me acerqué despacio, como si el aire pudiera romperse. Me senté en el borde de la cama
y lo abracé con cuidado, como si fuera de cristal. Sentí su temblor, su miedo, su desesperación. Y
entonces, sin pensarlo, empecé a cantar, casi en susurros, una canción que ni siquiera recuerdo de
dónde salió.
Solo sé que era lo único que podía ofrecerle: mi voz, mi presencia y esa promesa
silenciosa de que no iba a dejarlo solo. Alejandro abrió los ojos y en ellos vi todo el dolor del
mundo, pero también algo más: esperanza, o tal vez solo el deseo de que alguien estuviera ahí,
aunque no pudiera quitarle el dolor.
Canté para él, para mí y para el miedo que nos rodeaba. Canté hasta que el monitor se
volvió música de fondo y el hospital dejó de ser un lugar hostil, aunque fuera solo por un
instante. En ese momento, mientras le acariciaba el cabello, le hice una promesa que no dije en
voz alta, pero la sentí grabarse en mi piel: «Nunca te dejaré solo; siempre te cuidaré, pase lo que
pase». No sabía entonces que aquella promesa sería una cadena, un tatuaje invisible que marcaría
cada decisión de mi vida.
Alejandro temblaba en la cama del hospital, con los ojos cerrados y la respiración
entrecortada. El dolor lo había convertido en una sombra de sí mismo y yo, con apenas diez años,
me sentía más pequeña que nunca. Me acerqué y, aunque mi voz temblaba, decidí hablarle
bajito, como si el universo solo pudiera escucharnos a nosotros dos.
—Ale, ¿me escuchas? —susurré intentando que el miedo no me ganara.
Él abrió los ojos despacio, y en su mirada había más dolor del que debería caber en un
niño.
—Me duele mucho, Lon —dijo con la voz rota.
—Lo sé, hermanito. Ojalá pudiera quitarte el dolor, pero no puedo. Lo único que puedo
hacer es estar aquí contigo. Y cantarte, si quieres.
Alejandro asintió apenas moviendo la cabeza.
—No te vayas, por favor.
—Nunca me voy a ir. Te lo prometo. —Le tomé la mano, apretando fuerte—. Pero
necesito que tú también luches. Que sigas peleando, aunque sea difícil. Si tú luchas yo lucho
contigo. Siempre.
Él me miró y por un momento el miedo se hizo más pequeño.
—¿Y si no puedo? —susurró con lágrimas en los ojos.
—Claro que puedes. Eres el niño más valiente que conozco. Y si alguna vez te cansas, yo
te ayudo a seguir. Te prometo que siempre voy a estar contigo, pase lo que pase. Si tú caes, yo te
levanto. Si tienes miedo, yo te canto hasta que el miedo se vaya.
Alejandro apretó mi mano y sentí que aquel compromiso quedaba sellado para siempre.
La promesa se grababa en mi piel.
—¿Me cantas ahora? —pidió con la voz apenas audible.
—Claro que sí. Pero solo si me prometes que vas a seguir luchando. ¿Trato hecho?
Él sonrió débil pero sincero.
—Trato hecho.
Le canté bajito, y mientras lo hacía, repetí en mi corazón la promesa que me acompañaría
toda la vida: «Nunca te dejaré solo, siempre te cuidaré y, si tú luchas, yo lucho contigo».
Ahora, años después, sigo siendo esa hermana mayor; esa guardiana y esa voz que se rompió por
miedo a no ser suficiente. El trauma de haber sido silenciada, de haber sentido que mi voz era lo
único que podía salvarlo, me acompaña en cada guardia, en cada noche de insomnio, en cada
promesa que hago y no sé cómo romper. Porque hay heridas que no cierran; hay promesas que,
aunque nacen del amor, pesan como el dolor más antiguo del mundo.
Al mirar atrás, entiendo que esa noche en el hospital no solo me comprometí con
Alejandro, sino también con una versión de mí misma que no sabía rendirse. Esa frase se
convirtió en mi brújula, en mi cárcel y en mi identidad; todo lo que soy, todo lo que hago, nace
de esas palabras.
Recuerdo las noches en que le cantaba bajito para que el miedo no nos escuchara;
recuerdo cómo aprendí a leer los gestos de los médicos, a interpretar los silencios de mamá y
cómo dejé de ser niña para convertirme en guardiana.
Veinte años después, sigo siendo esa guardiana, aunque Alejandro ya no necesite que lo
cuide; aunque yo sí necesite que alguien me cuide a mí.
El sonido del móvil me sacó del recuerdo. Era Luz.. La única persona que sabía que detrás de mi
bata blanca había una mujer que a veces se sentía rota.
—¿Cómo te fue con la arquitecta? —preguntó sin preámbulos.
—Bien —mentí porque «bien» es más fácil que «complicado».
—Bien, ¿tipo «me cayó bien» o «me cayó tan bien que ahora estoy cuestionando todas
mis decisiones vitales»? —su tono burlón me hizo sonreír.
—Luz… —suspiré—. Es… diferente. Tiene esa energía que te hace sentir que todo es
posible. Y yo… no sé qué hacer con eso.
—Pues disfrútalo. —Su voz se suavizó—. Alondra, llevas años cuidando a todos menos a
ti. Tal vez es hora de cambiar eso.
—No puedo. —Mi respuesta salió automática—. Alejandro me pidió que la acompañara,
no que… —Me detuve, porque ni siquiera podía terminar la frase.
—No que te enamores, ¿verdad? —Luz rio pero su risa no era cruel—. Mira, no digo que
lo hagas. Solo digo que no te cierres. Que no vivas como si la promesa fuera una cadena.
Me quedé en silencio porque Luz tenía razón, porque, aunque no lo admitiera, algo en mí
quería abrir esa puerta y eso me daba miedo.
Dos días después volví a ver a Gemma. Quedamos en un café cerca del parque México. Yo
llegué puntual como siempre; ella, cinco minutos tarde, con el pelo revuelto y una sonrisa que
parecía pedir disculpas y permiso al mismo tiempo.
—Perdón, el tráfico… —dijo dejando su bolso en la silla.
—Bienvenida a la ciudad donde el tiempo es relativo. —Sonreí intentando sonar
tranquila.
Gemma pidió un té y yo, café, porque si algo me define, es la cafeína y el control o, al
menos la ilusión de control.
—¿Cómo va el congreso? —pregunté buscando terreno seguro.
—Intenso. —Se encogió de hombros—. Pero me gusta sentir que estoy aprendiendo algo
nuevo cada día.
—Eso suena… agotador —comenté y ella rio.
—¿Siempre ves el lado cansado de las cosas? —preguntó arqueando una ceja.
—¿Siempre ves el lado brillante? —respondí devolviendo la mirada.
—Sí. —Su respuesta fue tan simple que me desarmó.
Silencio. De esos que no incomodan, pero que pesan, porque en ese silencio había algo
más; algo que ninguna de las dos quería nombrar.
Decidimos caminar por el parque. Gemma hablaba de arquitectura, de cómo los espacios pueden
sanar las heridas; yo la escuchaba mientras pensaba en todas las heridas que llevaba dentro y en
si algún espacio podría, alguna vez sanarlas.
—¿Crees que las personas pueden empezar de cero? —preguntó de pronto.
—No lo sé. —Mi voz sonó más dura de lo que quería—. Creo que las promesas no se
borran; que siempre queda la marca.
Gemma me miró con esos ojos verdes que parecían leerme.
—¿Y si la marca no es una cadena, sino un mapa? —dijo suavemente.
Me quedé sin palabras porque nadie me había dicho algo así; quise creerle.
Cuando llegamos al café donde íbamos a cenar, la tensión era tan palpable que podía
cortarse con un bisturí. Gemma se detuvo en la puerta y me miró.
—Alondra… —Su voz era baja, pero firme—. ¿Por qué siento que llevas el peso del
mundo en los hombros?
La pregunta me golpeó porque era verdad; porque llevaba ese peso desde que tenía diez
años.
—Porque alguien tiene que hacerlo —respondí sin pensar.
—¿Y quién te cuida a ti? —preguntó y su mirada fue como una caricia y una herida al
mismo tiempo.
No supe qué decir; solo sentí que algo dentro de mí se rompía y que los muros que había
construido empezaban a agrietarse.
Buscamos una mesa. La música era suave y las luces cálidas, pero yo estaba en llamas
por dentro. Porque Gemma no solo había hecho una pregunta; había abierto una puerta que llevo
años cerrando.
Y ahí, en medio de ese caos silencioso, supe que este encuentro no era el final; era el
principio de algo que podía cambiarlo todo.
El lugar era pequeño, con paredes de ladrillo y luces que parecían abrazarte. Una guitarra
sonaba en el fondo interpretando una versión suave de «Bésame mucho». Era un ambiente
perfecto para una cita, excepto que esto no lo era. ¿Verdad?
Gemma se sentó frente a mí con esa sonrisa que parecía iluminar todo el lugar. Yo, en
cambio, sentía que mi mundo se oscurecía un poco más con cada segundo, porque no sabía cómo
manejar lo que estaba pasando dentro de mí.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó hojeando el menú.
—Café —respondí sin mirar la carta.
—¿Otra vez? —Alzó una ceja—. ¿No sabes que la cafeína en exceso mata neuronas?
—Pues espero que mate las que me hacen pensar demasiado. —Mi tono fue más ácido de
lo que pretendía, pero Gemma rio.
—Me gusta tu humor negro —dijo y sus ojos brillaron con algo que no supe descifrar.
Pedimos. Ella eligió una ensalada y vino tinto; yo, café y pan, porque si iba a enfrentar
una crisis existencial, necesitaba carbohidratos. La conversación empezó ligera: arquitectura,
música y viajes. Pero Gemma no sabía quedarse en la superficie; es como el mar, que parece
tranquilo, pero debajo hay corrientes que te arrastran.
—¿Por qué siento que huyes de todo lo que te hace feliz? —preguntó de pronto.
La pregunta me dejó helada porque nadie me había dicho eso; porque era verdad.
—No huyo —mentí, mirando mi taza.
—Claro que sí. Huyes de la música, de los lugares que amas y de las personas que
podrían hacerte sonreír. ¿Por qué?
—Porque… —Mi voz se quebró—. Porque cuando prometes cuidar a alguien, no hay
espacio para cuidarte a ti.
Gemma me miró largo rato. En sus ojos no había juicio, solo comprensión y algo más;
algo que me quemaba.
—¿Y quién te dijo que cuidar a alguien significa olvidarte de ti? —preguntó despacio.
No supe qué responder, porque nadie me lo dijo; porque yo lo asumí y llevaba veinte
años viviendo así.
—No lo entiendes. —Mi tono se endureció como un escudo—. Si yo no hubiera estado
ahí, Alejandro… —Me detuve, porque no podía terminar la frase.
Gemma apoyó la mano sobre la mesa cerca de la mía. No me tocó, pero sentí el calor
como si lo hubiera hecho.
—Alondra… —Su voz era un susurro—. No eres una promesa; eres una persona y
mereces vivir.
Esas palabras fueron como dinamita; derrumbaron algo dentro de mí. Al fin, alguien me
dijo que merecía algo más que cumplir un pacto infantil.
Gemma me observaba con esa paciencia que solo tienen los valientes. Yo jugaba con la
taza, buscando el valor para decir lo que nunca decía.
—Mi hermano estuvo muy enfermo cuando era niño —empecé con la voz temblorosa—.
Cáncer. Ocho años y yo diez. El dolor era tan grande que ni la morfina le servía. Mi madre
discutía con los médicos, buscando milagros. Yo… yo solo podía estar ahí, sentada a su lado,
cantándole bajito para que el miedo no nos encontrara. Esa noche le prometí que nunca lo dejaría
solo; que siempre lo cuidaría, pasara lo que pasara.
Me detuve, tragando saliva. Gemma no dijo nada; solo me miró, dándome espacio.
—Desde entonces, esa promesa se convirtió en mi brújula, en mi cárcel y en mi identidad.
Todo lo que soy y todo lo que hago, nace de esas palabras. Y aunque Alejandro ahora está bien,
yo sigo viviendo como si, si dejo de cuidar a los demás, algo malo fuera a pasar. Como si mi
promesa fuera un talismán o una cadena.
—¿Y por eso te cuesta ser feliz? —preguntó con delicadeza.
—Sí —respondí; porque siento que, si me permito ser feliz, traiciono esa promesa. Como
si la felicidad fuera algo egoísta; como si, si dejo de cuidar, dejo de ser yo.
—¿Y si la promesa puede cambiar? —susurró Gemma—. ¿Y si cuidar de ti también es
parte de cumplirla?
Me quedé callada, procesando sus palabras, porque nunca lo había pensado así; porque
alguien me daba permiso para soltar —aunque fuera solo un poco— el peso que llevaba encima.
—No sé cómo hacerlo —admití bajito—. Llevo tanto tiempo conteniéndome, huyendo de
lo que me hace feliz, que ya no sé si podría reconocerlo si lo tuviera delante.
Gemma sonrió con calidez.
—Entonces empieza por dejarte cuidar, por dejarte querer y por dejarte ser feliz, aunque
sea solo un poco.
Nos quedamos en silencio, pero era un silencio que ardía y sanaba. Afuera, la ciudad
seguía su ritmo; Adentro, sentía que podía respirar.
El silencio que siguió fue eléctrico. Podía escuchar mi corazón latiendo como un tambor
y sentir su mirada recorriéndome, no con deseo, sino con algo más profundo. Algo que me
asustaba más que el deseo: la posibilidad de ser vista.
—¿Por qué me miras así? —pregunté intentando sonar ligera.
—Porque quiero entenderte —respondió sin apartar la vista—; y porque creo que, si te
entiendo, voy a perderme.
Mi respiración se detuvo porque esa frase no era casual; porque esa frase era fuego.
—No deberías perderte por alguien como yo —respondí.
—Tal vez sí. —Sonrió, y en esa sonrisa había peligro y promesas.
Salimos del café cuando la ciudad estaba envuelta en luces y murmullos. Caminamos en
silencio, pero no era un silencio cómodo; era un silencio que ardía y que gritaba cosas que
ninguna de las dos se atrevía a decir.
Cuando llegamos al hotel, Gemma se detuvo en la entrada. Me miró y, en sus ojos, había
tormenta.
—Gracias por todo, Alondra. —Su voz era suave, pero cargada de algo que no podía
nombrar.
—De nada —respondí intentando sonar normal.
Pero entonces, antes de entrar, dijo algo que me dejó sin aire:
—Ojalá algún día te cuides tanto como cuidas a los demás.
Y se fue; me dejó en la acera con el corazón hecho pedazos y la sensación de que nada volvería a
ser igual.
Esa noche, en mi terraza, canté bajito para que el miedo no me escuchara. Pero esta vez,
la canción no era para Alejandro; era para mí, porque quería creer que merezco algo más que
cumplir una promesa.
Promesa de primavera
En la Ciudad de México, la primavera es promesa y herida,
jacarandas cubren el asfalto, manto efímero de esperanza,
y yo, hermana mayor, cargo el peso de un juramento antiguo,
hecho con el alma, tatuado en la piel,
como quien canta bajito para espantar el miedo.
El hospital huele a desinfectante y sueños,
murales de globos y animales sonrientes
intentan distraer a los niños del dolor,
pero la realidad, cuando duele,
no se tapa con pintura ni con canciones.
En el tráfico de Insurgentes, mi mente abre cajones de recuerdos:
Alejandro, mi hermano, gorro azul y mirada valiente,
la gran C: el elefante en la habitación,
la promesa de nunca dejarlo solo,
de ser guardiana, de luchar, aunque el miedo me gane.
Las promesas son tatuajes invisibles,
puedes intentar borrarlas,
pero siempre queda la marca.
Y así, cada día, entre café frío y sonrisas profesionales,
me repito que la esperanza no es palabra hueca,
que estar presente es resistir,
que cuidar es amar,
y que, aunque la primavera sea cruel,
yo sigo creyendo en la belleza de lo efímero,
en la fuerza de una promesa,
en el milagro de cantar bajito
cuando el mundo se rompe.


